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Opinión - ¿Católicos: abdicar de la política? Nunca jamás: la sociedad no se doblega a la política
¿Católicos: abdicar de la política?
Nunca jamás: la sociedad no se doblega a la política.
Excúsenme insistir en el tema, pero asisto pasmado, por una parte, a la negación en la que muchos católicos caemos ante el caos y el escándalo profundamente moral de la escena social y política; y por otra, ante las contradictorias posturas de opinión y de opciones de vida que adoptamos como católicos en contravía negacionista de nuestra propia doctrina y fundamentos de fe.
Décadas atrás, siendo un joven de 18 años, aún recuerdo qué pensamiento me llevó a alejarme de las formas de la Iglesia: fue un domingo en que asistí a la homilía de la parroquia de mi barrio en una comuna oriental de la ciudad de Cali, y concluí que el pueblo católico era aquel que afirmaba desde el púlpito un discurso o evangelio que no llevaba a la práctica ni a la vida. Este pensamiento coincidía con mi ingreso al programa académico de Sociología de la Universidad del Valle, en dicha ciudad; lo cual me llevaría por un rumbo que tuve que corregir, pero esto es parte de otra historia (Tengo un proyecto de publicación denominada: “Mi conversión política”).
Tras varias décadas después, retorno a mi madre y maestra la Iglesia Católica, para beber de su riqueza intelectual, la cual era invisible para aquel joven existencialista que optó por modelos materialistas comunistas de comprensión de la vida y de la sociedad, sin darme cuenta que cercenaba mi sed y anhelo de trascendencia, sin la cual cualquier pretendida praxis social por la justicia terminará siendo un tribunal inmisericorde sin caridad humana.
Parte del escándalo moral del ámbito político es el desencadenamiento de acciones violentas, que peligrosamente pueden justificarse como reivindicaciones de los sujetos sociales. En esto la importancia de darle su merecido valor a la sociedad civil en sus múltiples demandas de derechos, haciendo del Estado o de la comunidad política ese garante de justicia por vías pacíficas, en lo posible.
Igualmente, el mercado sin vigilancia ni injerencia absoluta puede redundar en desconocimiento de las necesidades humanas de una población, o en particular de los más vulnerables por su reducida capacidad adquisitiva o de acceso a recursos económicos, que les garantice posibilidades de un desarrollo equitativo e integral.
Por tanto, para hacer frente a dichos desbalances ante la vulnerabilidad posible de la sociedad civil frente a la comunidad política o el mercado, emergen acciones de voluntariado y cooperación que delinean respuestas que pueden superar las lógicas de la alta conflictualidad y de la competencia sin límites, hoy predominantes; superando divisiones ideológicas e impulsando la búsqueda de lo que une más allá de lo que divide. Así la sociedad civil puede llegar a considerarse como el lugar donde siempre es posible recomponer una ética pública centrada en la solidaridad, la colaboración concreta y el diálogo fraterno, donde todos miremos con confianza estas potencialidades y colaboremos personalmente para el bien de la comunidad en general y en particular de los más débiles y necesitados (Sr. Card. Martino, 2002, numeral 420 — COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, 2004).
En esto consiste la subordinación de la comunidad política a la sociedad civil, y no a la inversa, según el compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.
El comportamiento de la ciudadanía frente a procesos electorales suele manifestar, por un lado, la abstención a ejercer el voto por escepticismo frente a la injerencia efectiva de dicha participación; por otra parte, es la desinformación o las fobias o simpatías emotivas las que conducen el dictado de la voluntad ciudadana. En otras situaciones es el voto movido por la red clientelar de tal o cual candidato, o la amenaza de los actores armados ilegales que llega a constreñir dicho derecho con la amenaza a la propia vida o a la no dispensación de contrataciones, beneficios o favores a una sociedad civil mayormente inerme y en desventaja frente a estas dinámicas.
¿Por qué debiera avergonzarme de buscar imitar modelos de bondad o de bien común cristiano?
¿Me azota acaso el imperativo de supuesta libertad moderna que me lleva al máximo relativismo de normas y valores y a un hedonismo personalista en las pautas sociales de comportamiento? (Escobar, 1999, p. 187 — Grandes temas social cristianos, Tomo I).
¿Qué me impide la búsqueda de dichos modelos que opten por el bien común sin atentar contra la vida y la verdad?
¿A qué política somos llamados?
A ser verdaderos obreros de la viña del Padre Bueno, propietario del campo de la vida en el que nos movemos y en el cual somos contratados en distintos momentos; cuando quizás el ocio nos consumía desocupados, sin sentido, ni compromiso.
A ser verdaderos guardianes del bien común, con determinación firme y solidaria, ejerciendo esa cierta paternidad social tan necesaria particularmente en este tiempo, cuando hacen falta padres y nos hacemos responsables unos de otros en el cuidado de la casa común y de las condiciones que posibilitan un efectivo desarrollo humano y social en todas las etapas de la vida (Su Santidad Francisco, 2020, numeral 7 — Carta Apostólica Patris Corde).
Como auténticos católicos, probados en virtud en la maraña del diario vivir, no debemos ni podemos abdicar de una política profundamente humanista, trascendente y solidaria, que opere como faro, legado y acción en la costa tenebrosa de la desesperanza.
Somos ricos en un legado de enseñanzas que nos retorna la dignidad trascendente; abusada, rota y desconocida por desequilibrios de poder en todos los ámbitos.
Y como hijos del Espíritu ardiente, de la luz y de la alegría de nuestro hermano Jesús de Nazareth, abocados estamos a la acción transformadora y palpitante que plasmemos en el quehacer político, orgánico e institucional, por el bien común en lo legislativo, lo económico, lo social, lo cultural y lo administrativo. Acción multiforme a la que nos invita y manda San Juan Pablo II como laicos católicos (EXHORTACIÓN APOSTÓLICA CHRISTIFIDELES LAICI, 1988, numeral 42).
En este sentido, un ámbito privilegiado de orientación a la acción es la educación como campo de cultivo, con énfasis preventivo, para el florecimiento del reinado de Cristo en la sociedad, en instituciones de gobierno acordes a la convivencia cristiana para la justicia, la paz y la vida; donde dicho programa permita la revisión y actualización de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia en nuestro territorio. Y propenda, entre otros temas, por la sostenibilidad ambiental, la productividad digital, la vida y el desarrollo humano, la protección y asistencia social, la preservación de la paz, la promoción de la salud pública, la gestión de justicia y la prevención del delito y la corrupción.
Para ello requerimos ser activos promotores, con las debidas alianzas institucionales, cívicas y gremiales, de la trascendente dignidad de la persona humana en todos los ámbitos: personal, familiar, comunitario, laboral, profesional, cultural y educativo; para superar la dispersión, la desinformación y la incomunicación en instancias tales como la participación ciudadana, propiciando líneas de acción como la asociación, el reagrupamiento, la información, la comunicación, la formación, las veedurías y/o auditorías ciudadanas, el voto consciente, responsable e informado, entre otras.
Por Mauricio Andrés Salazar Ocampo.
